Hontanares
- Galaor de Langelot
- hace 21 horas
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Comentaba ayer en una entrevista en Radio 5 Joaquín Araújo –compañero de aventuras de Félix Rodríguez de la Fuente– que para un naturalista no hay nada más triste que una fuente que deja de manar. Este año, explicaba, por el contrario, que las copiosas lluvias han hecho renacer numerosos manaderos; es verdad: cerca de mi pueblo, el arroyo Moralejos corre de nuevo vallejo abajo. Desde allí, desde la tímida surgencia del Moralejos, y desde las solaneras de mi pueblo, se divisa en las faldas de la sierra de Riaza la ermita de Hontanares.
Todas las hontanas y hontorias que abundan en la geografía castellana indican la presencia de una o varias fuentes, ya que su nombre deriva del latín fontanam, palabra derivada, a su vez, de fons-fontis. La diptongación de la o breve tónica en el protorromance castellano –excúsenme la nota erudita– impidió la pérdida de la f inicial, por lo que decimos fuente, mientras que fontanam, palabra llana, no diptongó, perdió dicha f inicial y quedóse en hontana. El antiguo poblamiento de Fontanar que existió en las inmediaciones de la ermita de Hontanares da buena cuenta de ello. La diptongación de la o y de la e breves tónicas y la pérdida de la f inicial latinas son cosas muy nuestras, muy castellanas, en las que nadie para mientes, mientras que la fonética del inglés se estudia con paciencia de scriptorium.
En fin, decía que el otro día escuchaba a Joaquín Araújo comentar alborozado las abundantes lluvias de este año, las cuales, entre otros muchos parajes, revivirán los de Monfragüe y Doñana, rellenando sus acuíferos. Esos magníficos enclaves naturales lucirán espléndidos esta primavera. El agua, mensajera de la muerte en otras latitudes, será aquí heraldo de la vida. Pero lo que mayor alegría le producía al naturalista era, como decía, ver rebosar algunos nacederos que parecían agotados. Durante siglos, la gente del campo, especialmente los pastores, cuidaron los manantiales; el abandono de la ganadería extensiva, la concentración parcelaria, la sobreexplotación de los acuíferos y el desinterés acabó con muchos de ellos. El agua, que ahora sale por el grifo, hecho al que no le damos mayor importancia, ha tenido durante milenios sus manaderos sagrados.
El caso es que mi encantadora novia tiene una pequeña fuga en la cañería de entrada, del radiador del hall, y aquí estoy –pendiente, como el Lazarillo, de la sutil fuentecilla– esperando al fontanero del seguro. Es curioso que nos alarmemos cuando en una casa el agua mana por donde no debe y cada vez prestemos menos atención a los nuevos veneros y alfaguaras que colmatan nuestro espíritu. Ya en el bachillerato me quedó claro que para hacer un buen trabajo académico, es decir, un escrito virtuoso, que se aproximase a la verdad, debía acudir a las fuentes más fiables. También sé desde mi adolescencia que las fuentes primarias, los artículos de los investigadores universitarios, son inabarcables como el océano, por lo que se hace necesario consultar las fuentes secundarias, es decir, los libros en que los eruditos han compilado y sintetizado todo el saber de su especialidad.
Hace ya unos cuantos años que los estudiantes no abren, salvo raras excepciones, un libro de esos. En la universidad, en las deslavazadas asignaturas cuatrimestrales desembocan apuntes y apuntillos de la materia, añejos e insustanciales powerpoints y, en el mejor de los casos, PDFs de capítulos sueltos. En los institutos, los libros de 3.º de ESO parecen de 3.º de Primaria. Y, contradictoriamente, aun así, todos los contenidos parecen excesivos. Los alumnos de secundaria terminarán estudiando con cómics y vídeos de Tik Tok. Y los universitarios han aprendido a hacer test como mi tía resuelve el crucigrama del domingo.
¿Y la gente que madruga, y a su trabajo acude, de qué manaderos se alimenta su espíritu? Hasta mis amigos más ilustrados, olvidado ya el rigor de su juventud, beben de las fuentes más insospechadas, enfangándose en un batiburrillo de pseudoconferencias digitales, explicaciones de iluminados en vídeos de YouTube y reenviadas teorías conspiranoicas. En los cerebros de los ciudadanos vierten sus aguas pútridas las fábricas del pensamiento espúreo. La mayoría se deja arrastrar por esta corriente de detritus y solo unos pocos, acallada su voz en medio de algarabía, sacian su sed en otros hontanares. Es triste que una fuente deje de manar, pero más triste es una triste fuente otrora cantarina olvidada entre la maleza, de la que nadie bebe.

Galaor de Langelot
Interesante y acertada reflexión; preciosa fotografía.
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